Preguntas y respuestas de Agustí Puig
Antonio Colinas

About on 1 de September de 2004

A comienzos de los años 90 la pintura de Agustí Puig irrumpe con una fuerza que es muy suya y que no cabe confundir – en lo esencial de la misma- con ninguna otra. No había llegado entonces a ese afán de romper límites del momento actual. En aquellos instantes, el límite, por ejemplo, que suponía el soporte de los libros le daba a su pintura una mayor concreción.

Pero ya había entonces muchas muestras del excelente dibujante que él es, de una sabia combinación de los signos y señales clásicos con los más actuales, y una investigación en colores puros: pensemos, sobre todo, en determinados azules, pero también en esos tierras y rojos que son tan suyos y que le van acompañar a lo largo de toda su obra creadora.

Son esos años 90 años de búsqueda, pero a la vez se dan ya en ellos muchos hallazgos, una gran concreción o madurez que brota, sin más, de su talante artístico, de una capacidad muy especial para ofrecernos gestos y símbolos de una gran originalidad. Y siempre muy suyos. Los cuerpos ocupaban entonces un lugar muy especial como tema, más vistos en su conjunto que no a través de algunos de sus miembros (cabezas, manos, piernas).

No es un tema nada fácil el de abordar la contemplación de los cuerpos humanos como microcosmos. Me refiero a que línea y color buscan siempre una fusión, un mensaje, que no es el manido, el de uso común. Incluso cuando aborda un tema tan presente en la tradición pictórica como es el del cuerpo femenino. Rotundidad de las formas y elegancia, trazo sabio y gesto delicado, sensualidad y sensibilidad ofrecen, sin más, una obra que es nueva bajo todos los puntos de vista.

Y tiene siempre esta etapa – más allá de esta clara novedad-, una especie de reciedumbre clásica que acrecienta su valor, pues nos hacen recordar los bocetos y los cuadernos de los maestros renacentistas, leves sombras o fondos grises o marrones leonardescos, una simbología y una profundidad que nos parecen de otra época, pero que sin embargo son muy de ésta, son muy nuestros.

A finales de estos ricos años 90 parece como si la fuerza y la complejidad creadora de este pintor hubieran hecho un alto para dejar hablar de una manera más nítida a la simplicidad de los colores y de las formas. Tiempo de serenidad, acaso engañosa, pues el artista no está sino forjando en lo subterráneo de su ser, en el silencio de colores y formas, obras de una fuerza nueva.

Pero ahí están de nuevo esos frutos espléndidos del color plano sobre el soporte de los libros. O esa rica abstracción que nos acaba ofreciendo un resultado clásico en lo que a veces sólo nos parecen paisajes de tierras muy perturbadores.
Apunta también, en algunas de las obras de esta época, un tema muy de este pintor: el de ese ser – representado, sobre todo, a través de cabezas-, que dialoga consigo mismo y que, sobre todo, mira mucho hacia un espacio vacío o un cosmos indeterminado.

Estamos ante una de las más bellas expresiones de dualidad en el arte de estas últimas décadas, ante una pintura que hace pensar al que la contempla, pues es expresión de preguntas y de respuestas. Los labios de las cabezas parecen quietos, pero a la vez las obras hablan por medio de señales misteriosas (una botella, una silla, una vela –símbolo este último tan suyo: recordemos el paradigma de la vela de uno de sus más bellos grabados en blanco y negro, la llama de la vela bajo un viento frío).

Tiempo también éste –final de una etapa- en el que desaparece lo matérico y cobran más relieves los fondos vacíos o blancos de los que números, letras, palabras, brotan para ofrecernos un mensaje todavía más resumido. Acaba una década de creación y el pintor deja hablar más a esos silencios de los fondos para que de ellos vayan surgiendo llamadas nuevas.

La fuerza está como adormecida a la espera de que esa llama de las velas ilumine un tiempo creador nuevo. El pintor piensa y nos hace pensar a los demás volviendo a dar trazos pastosos, ahora sobre el cartón o el papel rayado. La fuerza siempre en marcha de este pintor vuelve a aparecer sobre todo a través de esos rojos vinosos, de esos bermellón, o venecias, o tierras, tan suyos.

¿Diremos ahora que es la sangre la que comienza a hablar en las obras con una evidencia a veces brutal? ¿Qué otra cosa es el ser humano sino el trazo de esa cruz en aspas, sangriento, que brilla y pasa?
Hay también otra llama o luz, y es la del ojo que mira: ojo casi obsesivo, que fija ideas profundas o que abrasa la realidad con su rayo. Hay una obra, ya del año 2000, en la que el combate de la luz y de la sombra se impone con un gran realismo y, a la vez, con una gran carga simbólica.

En ella, un hombre o ser negro, plegado sobre sí mismo, parece clavar la negra vela que tiene en su mano y su llama en una nube no menos negra. Es, sin duda, una de las obras más turbadoras de este pintor que, en cada cuadro u obra ofrece –como venimos subrayando siempre el mensaje nuevo, ese que el Arte siempre debe conseguir para tener validez. Pero ese ser que pone luz en lo negro desde lo negro -Sísifo o Prometeo de nuestro tiempo-, resume muy bien mensajes esenciales y de siempre. ¡Iluminar sombras… ¿Qué otra cosa ha hecho el ser humano en el tiempo?

La trama gruesa, el trazo grueso, la gruesa pincelada…’85. Y en ese momento, el hombre que avanza, el ser que marcha siempre, la energía que siempre tuvo este pintor ofrecida con un vigor casi agresivo. Es el momento en el que el artista parece haber ganado su batalla a las sombras, a la Sombra. Cabezas y piernas son ahora los mayores protagonistas del pensar y del caminar, del sentir y del marchar.

La cabeza hace las preguntas para las que las piernas y los pies ofrecen las únicas respuestas: marchar, marchar siempre, seguir siempre hacia delante, volar casi sobre la realidad terrible.
Este protagonismo de cabezas y de piernas lleva al pintor a ese hallazgo extraordinario de que el ser humano sólo sea una
cabeza con piernas: un pensamiento que camina.
También nos parece, a medida que la pintura y la persona de Agustí Puig han ido avanzando en el tiempo, en nuestro tiempo, que se le quedaban pequeños sus cuadros. El color, el gesto de los signos, esos hombres que caminan, parecen salirse de los límites establecidos. Es ésta, sin más, la confirmación de que este pintor es poseedor de un mundo que le rebosa y que admite mal límites establecidos, tópicos prefijados.

A veces, frente a estas situaciones, Agustí Puig logra apresar ese mundo dentro de límites precisos. Esto lo apreciamos muy
bien en la serie Bodegons, en la que los límites de un libro logran domeñar los impulsos primigenios de sus propias obras. Es ésta una serie muy valiosa.

Pero siempre la pintura de Agustí Puig se acaba destensando. A lo largo del 2003 y del 2004 vuelve su pintura a respirar en los espacios planos, por medio de esos trazos ligerísimos del dibujo en los que acaso resida el mensaje último de su pintura.

Detrás de la mancha, del trazo o del color, hay esa línea sutil que define su pintura y que es la propia de los maestros.
Un ojo, un corazón, un zapato, unas alas levemente expresadas, nos hacen regresar al terreno de los símbolos.
Todo lo que en los momentos de pasión parecían ser preguntas, ahora son sutiles respuestas, que – eso sí- el ojo del que
contempla tiene que analizar por su cuenta para extraer las respuestas últimas y adecuadas. En estas respuestas que el
contemplador o contemplativo extrae de la obra de Arte, se halla la salvación, su salvación. Y la del artista que las provocó.

Antonio Colinas