Agustí Puig o el placer del reencuentro
José Carlos Suárez

About on 28 de September de 2002

Lo bonito que tiene la amistad es que aunque pase el tiempo y los amigos prácticamente no se vean, cuando ello sucede es como si acabaran de verse el día anterior. Con la diferencia de que una vez que comienzan a ponerse mutuamente en antecedentes vitales es cuando uno se da verdaderamente cuenta de que ha pasado el tiempo, pero sin embargo, y ahí reside la maravilla, la relación -basada en la lealtad- sigue intacta. Todo ello viene a cuento, como ya habrán adivinado, porque ya son muchos los años que Agustí y yo nos conocemos y después de un período alejados por cuestiones -simplemente de trabajo-, hemos vuelto a encontrarnos.

Continua igual que siempre: volcado en el arte -al que necesita como el aire que respira- y sobre todo tan artista, en su doble acepción, la del que cultiva las bellas artes y la del que hace su oficio con perfección y entrega. Lógicamente, en todo este tiempo se han ido incorporando novedades en su trabajo (obra), que más que cambios radicales obedecen a la dinámica propia de toda evolución.

Hoy, al volver a escribir sobre él me planteo si no lo habré dicho ya todo, o casi todo, pues tal es su potencial creativo que aun no sabemos lo que nos deparará o por que intrincados vericuetos se adentrará en su incesante búsqueda por los caminos del arte. La verdad es que a pesar de haber escrito muchas veces sobre Agustí Puig no me canso de hacerlo, y no me canso, porque hoy como ayer sigo creyendo en su obra o lo que viene a ser lo mismo sigo creyendo en él -cada día estoy más convencido que es imposible separar la obra de aquel que la realiza-.

Siempre he dicho y no me importa repetirlo, so pena de que se me acuse de reiterativo, que estamos ante un artista nato. Pocas veces son las que se produce, en el primer encuentro con la obra de un artista, la magia de saber que enfrente tuyo hay arte en estado puro, eso que Lorca llamaba el “duende”.
Aquella primera impresión la he sentido otras muchas veces, lo que no ha venido sino a confirmar la veracidad de mi intuición, la misma que ha hecho que sea un defensor de su trabajo y, en los foros pertinentes, un elogiador del mismo.

Cuando hace unos días visitaba su amplio y espléndido estudio, donde pasa interminables horas, veía que, como ya es habitual, se amontonaban las obras ya realizadas con aquellas en proceso de realización. Esta aglomeración hace que se produzca una sensación de ruido ensordecedor, debido a la fuerza con la que hablan y a la sinergia que se establece entre ellas. Esa sensación desaparece cuando nos las volvemos a encontrar expuestas en una galería de arte y es entonces cuando, libres para poder respirar, nos susurran y trasmiten todo aquello que contienen.

La obra actual, tan lejana y a la vez tan cercana de aquella de entonces -es sorprendente como se retoman una y otra vez, sin que seamos conscientes, los mismos temas-, tiene como protagonista absoluto al ser humano. El porqué de ese protagonismo obedece, entre otras razones, al hecho de que para Agustí Puig existe el convencimiento de que es el hombre el auténtico tema de la pintura en general, no solo de estos cuadros en concreto, por encima de cualquier otro género pictórico.

Tomado globalmente, con sus miserias y sus grandezas, lo representa como caminante. Tal es su insistencia que llega incluso a reducirlo a unas piernas con cabeza que caminan siempre hacia adelante, como si huyera de algo o por el contrario buscara algo. Cabezas pensantes, porque no podemos renunciar a lo que somos, y que sin embargo caminan convulsivamente para no pensar en el fin que les espera: la muerte. Ello nos lleva inevitablemente a recordar los versos de Jorge Manrique: “Partimos cuando nascemos, andamos mientras vivimos, e llegamos al tiempo que fenescemos; assí que cuando morimos descansamos.” Estamos, pues, ante un Agustí Puig mucho más trascendente, tal vez más maduro. No en vano su obra última está impregnada de connotaciones que la aproximan a lo que podemos considerar arte sacro. Para él la creación implica un ritual donde la reflexión está presente al principio y al final del proceso, mientras que el momento mismo de pintar es un estado de trance donde hay que dejarse llevar. Es aquí donde el subconsciente interviene de manera decisiva, manifestándose mediante el gesto y las alusiones caligráficas que no son sino la expresión de las ideas, y donde el azar juega un papel determinante y sorprendente por las asociaciones que provoca.

Cual demiurgo, controla y maneja la materia a la perfección, siendo su pintura una reivindicación de procesos que tradicionalmente han sido considerados como específicos de la abstracción y que él hace magistral y lícitamente compatibles con la figuración, logrando unas texturas de efectos y calidades sumamente sugestivas.

No quisiera terminar sin aludir a esas otras facetas de su trabajo en donde las cotas alcanzadas son a su vez altísimas. Me refiero a la cerámica y al grabado, en los cuales el trabajo artesanal es casi una condición que asume conjuntamente con aquellos cualificadísimos expertos que le acompañan y con los que comparte la obra final. En este sentido es proverbial su encuentro con Joan Roma, excepcional grabador de refinadísima sensibilidad y perfección técnica, a quién Balthus en su día besó las manos a la vista del trabajo realizado. Como despedida sólo me queda dirigirme a ti, viejo amigo, y decirte que ha sido todo un placer este nuevo encuentro contigo y con tu obra, que ya sabes, como yo sé de ti, donde encontrarnos y que todavía nos quedan muchas exposiciones por vivir y compartir juntos. ¡Suerte Agustí!.

Afectuosamente, José Carlos Suárez.