Arte y diario íntimo: A propósito de los quaderns de Agustí Puig
Juan Manuel Bonet

About on 1 de September de 2004

A los críticos e historiadores del arte siempre nos interesa asomarnos a los cuadernos de campo de los pintores, a sus “ borradores silvestres” – por decirlo con la feliz y definitiva expresión juanramoniana-, a los testimonios de sus errancias por el mundo: en definitiva, a sus diarios íntimos, ya sean escritos, que ocurre pocas veces, ya sean pintados, que son los más.

Ese interés se ha ido acrecentando a los largo del siglo XX, pródigo en obras basadas en la idea de fragmento, y cuyos historiadores, consecuentemente, hemos tenido especial interés en considerar e iluminar las works in progress, las “ obras en marcha”, y de nuevo estamos utilizando una fórmula de Juan Ramón Jiménez.

Sólo en el ámbito español, aunque no disponemos de monumentos equivalentes al Journal de Delacroix o a las cartas de Van Gogh, recordemos ciertos diarios de pintores, como los de Dalí, Ramón Gaya, Ràfols, Miguel Ángel Campano – casi del todo inédito este último –o Miquel Barceló, o ya directamente en el ámbito de a plástica, lo que de diarístico tiene gran parte de la producción picassiana – tan amigo siempre del fechado de las obras, al dorso-, o lo mucho que aprendemos en torno al “laboratorio central” mironiano, a partir de sus Carnets catalans, editados por Skira, con prólogo de Gaëtan Picon, o el diario de un año realizado por Saura a partir de las noticias de la prensa.

De Agustí Puig, el Museu de Sabadell, tan activo en el estudio de la rica tradición moderna con que cuenta esa ciudad industrial de la provincia de Barcelona, ha tenido la feliz iniciativa de organizar, dentro de su ciclo “Singulars propis”, esta exposición explícitamente titulada Quaderns 1992-2004. Agustí Puig es uno de esos artistas que no desaprovecha ocasión de emborronar cuadernos de apuntes –’96 ya suman más de cien, de los que ahora mostrará una sesentena-, cuadernos que, como dicen los organizadores de la muestra, constituyen una cantera de trabajos futuros.

Agustí Puig en 1957 en Sabadell – en una cuyas antiguas fábricas tiene hoy su estudio, que imagino a partir de fotografías, y a partir de su descripción por Josep Casamartina-, y con una larga trayectoria expositiva a sus espaldas, es un pintor representativo de nuestros años ochenta, que fueron, no lo olvidemos, los del decidido y fecundo retorno a la pintura, tras los años de predominancia conceptual. Si en líneas generales cabe adscribir su trabajo a la vertiente expresionista de ese retorno, y si a la crítica ha insistido sobre lo que sus primeros pasos le debieron al impacto de las propuestas de la transvanguardia italiana, habría que matizar que en fechas más recientes –’96 1992, año de su decisiva estancia en Nueva York, marca un quicio al respecto- ha conquistado una mayor gravedad, un despojamiento, una mayor esencialidad, algo que se nota especialmente en la presencia de colores como el pardo, el ocre, el gris o el negro.

Lo que en estos momentos nos llama más la atención, a la postre, de la obra en marcha de Agustí Puig, tanto en sus cuadros de muy gran formato, como en estos trabajos más íntimos ahora felizmente tomados en consideración por el Museu de Sabadell, es el modo en que en ella se concilian una sobria tradición abstracta, la que encarnaría el nombre egregio de Tàpies –’96aunque también hay caligrafías y drippings de estirpe pollockiana-, y una tradición figurativa –’96 de figuraciones esquemáticas- que el propio Tàpies supo reintroducir en su obra ya en los años sesenta. J.J. Navarro Arisa ha sabido subrayar esa presencia, en la “reunión de intensidades” que es para él la pintura de Agustí Puig, en la figura humana. Ahí está, para corroborarlo, el título de la individual que el pintor celebró en 2000 en Torroella de Montgrí: El cos percebut. Ahí están esa “Dona i cortina”, esa “ Dona asseguda”, esa otra figura también femenina que se esconde en la profundidad matissiana de un “Silló” ocre, ese “ Penitent”, esos “’2 peus” o ese divertido “ Comensal ”. Ahí están, también, esos personajes caminando, esos flâneurs baudelairianos que comparecen, aquí y allá, por distintos rincones de su trabajo, muy especialmente sobre papel, en los que no podía no fiarse un poeta como Antonio Colinas, y entre los que encuentro verdaderamente fantásticos aquellos de aire totémico, primitivista –“la pintura és tan humana i tan primitiva que no pot ser substituïda”, ha dicho el pintor – cuyos cuerpos se reducen prácticamente a sus piernas, y cuya cabeza, en ocasiones, está coronada por un sombrero ochocentista.

Como diarios íntimos debemos leer, ciertamente, estos Quaderns de Agustí Puig ahora mostrados en su Sabadell natal, cuadernos que a veces son libros de cuentas –con sellos oficiales y todo- y en los que nos encontramos con los mismos temas que en su pintura y que en sus ya numerosos grabados.
Eudald Camps ha hablado pertinentemente, a propósito de este pintor, de la reiteración como categoría como categoría fundamental para entender el arte moderno, y de cómo en este caso, y al igual que sucede en buena parte de lo que se hace hoy, estamos ante un arte de variación, algo que tanto al espectador de la exposición como al lector del presente catálogo les va a quedar meridianamente claro. Reiteración, sí, en estos cuadernos: una y otra vez, parejas entregadas al combate amoroso, cuerpos femeninos, camas, sillas y sillones, ventanas, copas, geometrías botellas –alguna de Coca-cola-, y caminantes, sandías y naranjas y limones, pájaros, toros y toreros, zapatos y pisadas, sombreros, trompetas, temblorosas velas como de pintura antigua, puñales, flechas tapiescas, nubes, lámparas de Aladino, o esos “cuadros dentro del cuadro” amontonados contra la pared, que remiten al propio estudio…

Reiteración: una y otra vez, partes del cuerpo tales como el pecho, el corazón –uno de ellos, con alas de ángel-, la pierna – una y otra vez, especialmente a lo largo del 2002, la figura humana reducida, ya lo he dicho, a una cabeza sostenida por unas piernas andando-, la rodilla, el pie, la mano, las uñas, la cabeza –y la calavera-, el rostro, la oreja o simplemente el ojo, en un dibujo esos muchos ojos multiplicándose, en clave surrealista, por todo el cuerpo.

Reiteración: una y otra vez materias, y en ellas, abriéndose paso, la línea, esa “ línea que sueña” que Henri Michaux supo “decir” de una vez por todas, a propósito de su admirado Paul Klee.

Reiteración: una y otra vez, siempre la misma sobriedad cromática, rota a veces por alguna abstracción rotunda y casi constructivista –una página blanca, otra amarilla-, o por algún collage – unos libros figurados, un edificio norteamericano con bandera, un inconfundible envoltorio de chicle, una etiqueta egipcia- y hay que tener en cuenta la importancia que para la mayoría de los diaristas plásticos ha tenido esa técnica, integradora al diario del azar, de la vida cotidiana.

Entusiasta de los cuadernos, de los papeles –también, como Picasso, del de periódico, soporte efímero donde los haya- y de las hermosas encuadernaciones, Agustí Puig ha cuidado siempre mucho la edición de sus catálogos, dándoles un aire siempre muy especial, muy en consonancia con sus propios cuadernos, algo que merece ser destacado, y ahí están por ejemplo el catálogo de sus 100 grabados de Roma- que en contra de lo que podría sugerir el título, recoge, no cien realizaciones romanas, sino lo mucho y bueno hecho por él en el taller de grabado de Joan Roma y Takeshi Motomiya-; y el de la exposición de Àmbit a la que he hecho referencia, con sus páginas dobles, que inmediatamente nos remiten al maravilloso y entre nosotros poco conocido mundo de la bibliofilia japonesa – también aludido por el pintor en su refinado libro Estampes japoneses (2001)-; y este mismo año e de la sala gerundense Giart, que es como un mínimo cuaderno tirando a cuadrado, en el que todos los papeles son reproducidos a sangre.

Estoy seguro de que este catálogo sabadellense para el que ahora escribo, estará a la altura de esos ejemplos a los que acabo de hacer referencia y constituirá en sí mismo una obra de arte, como obras de arte son aquellas de las fotografías reproducidas en él, en que los propios cuadernos integran bodegones, con algo de inesperadamente morandiano.

Juan Manuel Bonet